Carmen, cuento basado en hechos reales escrito por Iris Myfanwy Lloyd
Carmen, cuento basado en hechos reales escrito por Iris Myfanwy Lloyd
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Carmen estaba sentada en su sitio predilecto, en la ladera contigua a su casa en las montañas de Asturias. Tenía la mirada perdida en las cumbres que la rodeaban sin ver la belleza, sentir la brisa o gozar del sol que brillaba en su esplendor en esa mañana del verano español. ¡Tenía tanto en que pensar! la cabeza llena de temores, expectativas y un sinnumero de sensaciones encontradas que no podía precisar. Siendo la hija menor de Rafael y Casimira Blanco, había nacido y crecido en esa pobre casa de Villa Viella, pero todo lo que no pudo tener en lujos y comodidades, lo había recibido en amor y atención. Había crecido libre como un conejo de las montañas, sin mucho para hacer, pues siempre había un hermano o hermana mayor dispuestos a aliviar la tarea de la pequeña. Había aprendido a leer y escribir en la parroquia, pero era casi nada lo que había para satisfacer su ávida afición a la lectura. Era una niña libre y feliz, pero estaba escrito que la casa paterna no iba a durar mucho más, pues la habían mandado llamar desde la América. Su hermana Concepción pedía que Carmen viajara desde España a Buenos Aires y llevara consigo a Carmencita, hija de Concepción, de tan solo dos años de edad.
Dicho así parecía cosa fácil, pero Carmen tenía catorce años y la Argentina estaba ta lejos... Sentada ahora aquí miraba el lugar tan conocido y amado y se preguntaba como sería la América. ¡Había escuchado hablar tantas cosas! Que había trabajo para todo el mundo, que el dinero se ganaba fácil, que las pampas eran tan grandes que se debía viajar días enteros para atravesarlas, que había indios...y la lista de maravillas continuaba hasta el infinito. Pues bien, ahora lo sabría por sí misma. Mañana partiría desde la parroquia con otras dieciséis personas y la excitación del viaje la tenía sobre ascuas. No pensaba que extrañaría su hogar, algo de morriñas tendría con seguridad, pero se quedaría unos meses con su hermana en Buenos Aires y luego trabajaría hasta juntar dinero para pagarse el pasaje y en un par de años estaría de vuelta en su amada Asturias. ¡Eso es! Nada de ponerse triste, al contrario, iba de paseo y podría por fin poner un rostro definitivo a los lugares que hasta ahora solo había oído nombrar.
La partida fue dura. Juana y Marina lloraban al ver que la pequeñita se iba. En cambio la madre escondía su dolor y emoción en frases secas aconsejando precaución contra los peligros del viaje a una Carmen que ya no podía esconder su regocijo a la vista de los burros enjaezados que los llevarían hasta Navas para tomar el tren. Al mirar a ambas Cármenes uno se podría preguntar: ¿Quién lleva a quien? La más pequeña, asustada por los burros lloraba con desconsuelo, la otra, teniéndola en brazos, trataba de consolarla. Parecía tener diez años, no catorce. Vestida con ropa demasiado grande, tenía aspecto frágil y delicado. Al final de los besos y abrazos, los viajeros subieron a los burros y partieron entre gritos y polvo. El viaje a Navas fue entretenido pero cansador, Carmencita se durmió a poco de partir así que Carmen podía mirar por última vez las montañas. Hacía calor, su pelo oscuro, recogido en una larga trenza le caía por la espalda y gotitas de sudor le cubrían la frente. De constitución pequeña, tenía un rostro gracioso y bonito que transmitía toda la inocencia de esta campesina española que a edad tan temprana salía a enfrentar al mundo, Iba muy erguida sobre el burro, teniendo fuertemente apretada contra su cuerpo a la niñita dormida. La inonciencia de sus catorce años la libraba de pensar en la responsabilidad que significaba llevar a esa casi beba a través del océano, en un barco para inmigrantes. Su mundo, tan pequeño hasta ahora, quedaba atrás y frente a ella se abría una incógnita que en el momento no tenía ni una sola respuesta.
Al fin llegaron a Navas, a la estación de tren y allí otro asombro y una nueva experiencia con el tren que los llevó a León, un trasbordo y al final a Vigo. Ahora estaban rodeados por el verde increíble de las rías gallegas. A Carmen le faltaban ojos para mirar todo lo que veía. El idioma gallego era extraño a sus oídos pero lo entendía casi todo. Cansada y excitada llegó al hotel, donde al fin pudo tener agua para lavar a Carmencita, cambiarla y luego caer en el sueño profundo de la extenuación y la inocencia. En Vigo hubo problemas, pasajes vendidos dos veces y como siempre, la trampa que se llevó el dinero de los inmigrantes con la promesa de un barco y al final la dsponibilidad de lugar en otra nave, mucho más pequeña y de muy inferior calidad a lo comprometido.
Pasaron los días y al final la gran noticia: "¡Mañana zarpamos para la América!" Y aquí sí que el sueño huyó de Carmen, se pasó la noche con dolor de barriga, levantando a cada rato a Carmencita al baño, por temor a que se orinase en la cama (eso había pasado la primera noche en el hotel y la dueña la había retado al día siguiente). Al fin llegó la mañana, juntó todos sus ataditos, vistió a la niña y junto con los demás se fue al puerto. A la vista de la inmensidad del mar, el barco anclado allí lejos donde había suficiente profundidad, Carmen miró aterrada los pequeños botes que los llevarían al barco. Virgen Santísima, ¡qué pequeños eran y cómo se movían! De pronto toda la inmensidad de lo desconocido cayó sobre ella cubriéndola con un manto de desesperación y angustia infinita... Sintió que el llanto le subía por la garganta y estallaba en un sollozo que trató en vano de suprimir. Un vecino de su aldea la oyó y puso un brazo amigable sobre sus hombros y dijo:
"Ea pequeña, no estés triste, verás que ahora todo será más fácil".
Carmen no oyó muy bien las palabras, pero el acento cariñoso del hombre la confortó. Se tragó decidida las lágrimas, tomó a Carmencita en sus brazos y con pasos seguros subió al bote, rumbo a un mundo nuevo que aún tenía que descubrir y conquistar. (Patagonia Gringa, Iris Lloyd, págs. 17-21, 2004).
